Muchos de los viajes que he hecho en solitario han nacido de una sensación muy concreta: sentir que lo tenía todo… pero que algo faltaba.
Recuerdo especialmente uno cuando tenía veinticinco años. Trabajaba como recepcionista de hotel en una compañía española muy conocida, y acababa de terminar el máster. Dentro de la empresa, había una vacante en Ámsterdam como relaciones públicas, un puesto que me motivaba mucho… y decidí que aunque tenía novio, trabajo, casa y todo.. no estaba bien y tenía que irme.
Bueno, des de fuera sí estaba bien: estabilidad, planes, una dirección más o menos marcada… pero por dentro estaba profundamente desconectada de mí.
Dejé mi novio (el pobre era maravilloso pero algo me decía.. no, next!), mi trabajo, el pisito que tenía bien mono.. todo. No sabía porqué, pero sentía que era momento de irme.
Lo divertido es que llegué a esta ciudad tan gris.. y pensé “ Dos telediarios me quedan aquí, no me gusta” jajaj, pero sabía que a casa no quería volver.
Con dos maletas, y con ganas de empezar de nuevo.. decidí que Holanda sería mi nueva casa.
El principio fue duro, pero una vez pasó un poco el momento… encontré casa, conviví con otras personas y salí de mi realidad habitual.. me dí cuenta que estaba mal conmigo misma, perdida.
Con el tiempo me he dado cuenta de que ese patrón se ha repetido en otras etapas:momentos de burnout, rupturas, cansancio vital. Y ojo, porque en el caso de las rupturas son muchas las mujeres que deciden regalarse un tiempo viajando solas.
A veces parece una huida. Pero hoy sé que, en muchos casos, es una búsqueda.
Por eso quiero compartir contigo diez aprendizajes que me han regalado esos viajes en los que me sentía perdida y que, lejos de desordenarme más, me ayudaron a volver a mí.
1. Sales de tu zona de confort y ganas confianza
Cuando estás fuera de lo conocido, confías más en ti. Hay menos ruido externo, menos opiniones, menos expectativas. Eso te permite tomar decisiones más coherentes y más alineadas contigo.
2. Puedes reinventarte las veces que quieras
Lejos de casa no tienes que sostener un personaje. Puedes probar, equivocarte, cambiar de idea. Nadie te conoce como “la de siempre”. Y eso libera muchísimo.
3. Descubres nuevas formas de vivir
Viajar te expone a otras realidades, otros ritmos, otras prioridades. Aprendes nuevas habilidades y, sin darte cuenta, vas construyendo tu identidad con más capas y más criterio propio.
4. Aprendes a estar sola en la incomodidad
En tu vida cotidiana puedes distraerte, llenarte de tareas, evitarte. Viajando sola no hay tanta escapatoria. Toca sentarte contigo, incluso cuando incomoda. Y ahí empiezan cosas muy interesantes.
5. Empiezas a ponerte límites
Con los demás y contigo misma. Aprendes a decir que no, a detectar qué te duele y a no forzarte solo por agradar o encajar.
6. Hablar con desconocidos abre perspectivas
Al principio puede dar pereza o vergüenza, pero las conversaciones inesperadas a veces traen respuestas que no sabías que necesitabas. Personas que te reflejan, te inspiran o te hacen replantearte cosas.
7. Tu relación contigo mejora
Dejas de luchar tanto contigo. Te escuchas más. Te permites. Aprendes a tratarte con un poco más de amabilidad.
8. Relativizas tus errores y tus procesos
Cuando sales de tu burbuja, entiendes que no todo es tan grave. Que equivocarte también forma parte del camino. Y eso da mucha paz.
9. Tomas decisiones desde un lugar más honesto
Al alejarte de lo conocido, ves tu vida con perspectiva. No desde el ruido, sino desde la claridad que da la distancia.
10. Entiendes que no era una huida
Con el tiempo comprendes que no viajabas para escapar, sino para escucharte. Para parar. Para recolocarte.
Viajar cuando te sientes perdida no te soluciona la vida.
Pero puede darte el espacio necesario para entender qué te pasa y qué necesitas ahora.
Y a veces, eso ya es mucho.
¿Te has sentido alguna vez así?
¿Has viajado para hacer una pausa o para encontrarte?
Si te apetece, escríbeme. Me encantará leerte.




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